Nuestra salvación está en la conversión sincera
Ahora que nos encontramos viviendo este tiempo de Cuaresma, qué mejor que repensarnos un poco para evaluar nuestra vida y lo que hemos hecho a lo largo de todo nuestro caminar. No esperemos hasta el último momento de nuestras vidas, cuando ya estemos sintiendo cerca la hora de la muerte para arrepentirnos, pues nadie sabe el día ni la hora, y muchas veces nuestra soberbia no nos permite reconocer que hay un Dios misericordioso que todo lo sabe, que todo lo ve, que todo lo conoce, y que nosotros dependemos de Él para nuestra salvación.
Dios Padre nos ha obsequiado en su Hijo el regalo más precioso que hayamos podido recibir, y desconocer semejante regalo, es desconocer el enorme amor de Dios por la humanidad. Él es más que los profetas, más que los reyes, más que los más grandes hombres que haya tenido la historia de la humanidad.
Reconozcamos en Cristo la salvación y volvámonos a Él para obtener la misericordia de Dios y el perdón de los pecados, pues así como lo hicieron los habitantes de Nínive, hoy son muchos los “Jonás” que nos dicen a diario: “Cuidado, arrepiéntanse, busquen a Dios, no abandonen su amor misericordioso y pidan perdón por sus culpas”, sólo así podremos ser salvos.
No vaya a sucedernos lo que ocurre en el pasaje del Evangelio de hoy: Jesús advierte que a esta generación sólo se le dará la señal de Jonás. Pedir otro tipo de señales, cuando ya Él nos ha indicado que debemos cambiar nuestras malas acciones por obras de amor y de misericordia arrepintiéndonos de todas nuestras faltas, es más que suficiente para recibirlo a Él que viene en gloria y majestad a llevarnos de regreso a la casa del Padre.