El hombre se condena solo
Hemos dado inicio al tiempo cuaresmal y la Liturgia de estos días nos irá acompañando con textos que nos ayuden a encontrar la verdadera voluntad de Dios para con nosotros, exhortándonos a dejar el mal y acoger el bien. El pasaje del Deuteronomio nos muestra justamente que Dios le presenta al hombre dos caminos: el del bien y el del mal, y es el hombre quien lo escoge, es el ser humano el que decide si acepta el proyecto de Dios en su vida o, por el contrario, elige el sendero que lo lleve a la perdición.
En este contexto el salmista va a reafirmar al final del texto de hoy: “Al malvado sus caminos acaban por perderlo”, pues es él, y no Dios, quien decide obrar así. Dios respeta la libertad y la voluntad del hombre, le indica el camino, sí, pero le da libertad de elección, por ello, querer afirmar que Dios salva y condena es falso: Dios solamente puede salvar, pues la condenación no es obra de Dios, es obra del hombre que desobedece, por su propia voluntad y asumiendo su libertad, al proyecto salvífico de Dios. Dios sólo tiene un plan para la humanidad, no tiene dos, y ese plan es el de la salvación.
El Evangelio nos presenta, de igual manera, que el hombre se salva si asume el compromiso cristiano, pero no engaña al hombre: ese compromiso es difícil, duro, complicado, es una cruz que se hace necesario llevar, pero no porque el cristianismo sea una religión de la “justificación de la desgracia” como muchas veces lo presentan los enemigos de la fe, sino porque seguir a Cristo implica ser un auténtico profeta, y ése, el profeta verdadero, busca el bienestar de los demás anunciando la Palabra de Dios y denunciando aquello que atropella ese único plan salvífico de Dios.