El amor de Dios supera la lógica humana
Nos encontramos en este VII domingo del Tiempo Ordinario con una Liturgia de la Palabra que posee una gran riqueza en relación con la misericordia de Dios. Desde el Antiguo Testamento se tiene la percepción ya de que sólo Dios puede perdonar los pecados, y es cierto. Lo que no contemplaban los judíos de entonces, y aún de la época de Jesús, era que Dios obraba a través del actuar humano, y que es a través de su creatura predilecta que Dios obra. Para enseñarlo así, Dios tiene que asumir la posición humana, es decir, encarnarse, hacerse hombre, y desde su Hijo manifestar el inmenso amor que siente por la humanidad creada a su imagen y semejanza.
¿Por qué Jesús perdona a la mujer adúltera? ¿Por qué libera del yugo de la enfermedad a los que carecen de salud? ¿Por qué el Evangelio de hoy nos muestra que Jesús sana al paralítico, tras haberle perdonado sus pecados? Si lo notamos bien, en cada una de esas liberaciones de pecado, Jesús lo hace, como Dios que es, porque la comunidad humana ya lo ha hecho, o ha intercedido por el pecador. Los que acercan al paralítico a Jesús, superando todos los obstáculos para llegar a Él, incluso hasta lo más inusual: subirse al tejado de la casa, desentejar y bajarlo, implica de por sí un gran esfuerzo;
pero una comunidad que se esfuerza tanto por acercar al enfermo hasta donde Jesús, ya de por sí merece ser escuchada y atendida en plenitud, por eso libera primero a aquel hombre de sus pecados, porque la fe de la comunidad y de aquel enfermo han logrado romper todos los obstáculos y, así, es más importante sanar por dentro y luego vendrá la sanación externa.
Nadie que esté sano por fuera, si no lo está por dentro, podrá alcanzar la felicidad; es necesario buscar primero a Dios para que Él otorgue la plenitud de la sanación comenzando por la liberación del pecado, y esto se consigue mejor cuando la comunidad ha actuado a favor de aquel que necesita de Dios. Ya lo dirá san Ambrosio a santa Mónica refiriéndose a su hijo san Agustín: “No puede perderse un hijo de tantas lágrimas”. Justamente porque la oración de intercesión, cuando se hace con sinceridad y esfuerzo, supera los mayores y más grandes obstáculos y lleva al necesitado al encuentro con Jesús de Nazaret.
Pistas para la reflexión
La 1ª lectura declara que no se puede acusar a Dios de las desgracias del pueblo. Al mismo tiempo, hace soñar con lo nuevo que el pueblo espera. ¿Cuáles son estas novedades? ¿Cuáles los hechos antiguos que hay que olvidar para dar lugar a lo nuevo?
La 2ª lectura garantiza que Jesús es la expresión cabal de la fidelidad de Dios. Es corona y cumplimiento insuperable de todas las promesas. Es el “sí” de Dios y nuestro “amén”. En este sentido, en la liturgia decimos muchas veces “amén”. ¿Qué valor le damos?
El Evangelio presenta a Jesús curando todas las parálisis. Cura a las personas por dentro y por fuera. ¿Cuáles son las mayores parálisis del pueblo? (Aquí cabe una escenografía). ¿Quién, como los doctores de la ley, no quiere que el pueblo camine con sus propios pies? ¿Cómo ser solidarios con el pueblo para que se libere de sus parálisis?