Misericordia para quienes invocan el nombre del Señor

El eje transversal que dinamiza la liturgia de la Palabra para este día está atravesado por el tema del perdón y la misericordia del Señor, no sin antes tocar un aspecto fundamental, el del arrepentimiento del hombre como reconocimiento de la responsabilidad por sus acciones. Tal situación ocurre principalmente en el trasfondo de la primera lectura, cuando David toma conciencia de su situación de pecado y reconociendo su falta decide acogerse a las manos misericordiosas de Dios, antes que caer en manos de los hombres, que no responden de la misma manera al amor del Señor.

En el Salmo, como es sabido, se proclama un cántico de alabanza que corresponde con la proclamación que se ha hecho en la primera lectura, y que de igual manera agradece el perdón de Dios como un don especial que Él otorga al hombre que ha caído en pecado, pero que, a su vez, reconoce su falta y asume su responsabilidad.

Siguiendo esta misma dinámica nos encontramos con el Evangelio de Marcos en su primera gran mitad, es decir, un relato contenido antes del capítulo octavo y donde el evangelista enfatiza principalmente en las obras milagrosas de Jesús. Lo curioso de este relato está justamente en el “reconocimiento” mundano que se hace de Jesús: un hombre que hace parte del común del pueblo, que ha vivido siempre entre ellos, al que conocen desde niño y del cual conocen también su origen, no puede sorprender tanto al pueblo con su accionar, pues al “hacer parte de ellos” se convierte en alguien del común, en quien difícilmente puede existir tanta grandeza como la que en Él se detecta.

Jesús se extraña por su incredulidad y, dice el evangelista, partió de allí sin hacer muchos milagros por la falta de fe, para ir hacia la gente de pueblos vecinos. La acción de Dios se da principalmente en quienes creen en Él y lo acogen, y no en aquellos que, aunque aparentemente pertenecen a los suyos, no reciben su enseñanza por considerarlo alguien más del común.