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| EL BEATO ALBERIONE
Amarás al Señor
con toda tu mente |
Año 39 - Nº 142 - Abril / Junio 2011 | |
 Para entrar en contexto… Al mirar el calendario litúrgico de este año 2011 nos encontramos que la Pascua ha de celebrarse el 24 de abril y habrá de prolongarse hasta el domingo 12 de junio con la solemnidad de Pentecostés… De consecuencia, todo el mes de mayo, mes mariano por excelencia, tiene un trasfondo claramente marcado y centrado en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo… Tal constatación me sugiere plantear una reflexión sobre este tema: “La Virgen María en la Liturgia del Tiempo Pascual”. Si la Pascua constituye el fundamento de nuestra fe -y así lo celebramos cada año a partir de la Vigilia Pascual-, para María, como creyente y discípula de Cristo Jesús, debió de tener un hondo significado… Es verdad que en los evangelios canónicos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) no aparece de modo explícito la Santísima Virgen María en lo que a los acontecimientos pascuales y post-pascuales se refiere. La encontramos en el Cenáculo reunida con los Apóstoles a la espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14), y así lo celebramos litúrgicamente en el último domingo del Tiempo Pascual. No obstante -así lo pensamos-, aquella que tuvo una tarea vital en la encarnación, nacimiento y crecimiento de su Hijo; aquella que le acompañó en su ministerio público, en el camino hacia el calvario y “estaba allí al pie de la cruz” (Jn 19, 25-27), no podría estar ajena en el cumplimiento de la “Hora de Jesús” (cf. Jn 2, 4; 17, 1). No hay que perder de vista que la “hora” a la que se refiere Jesús, si bien inicia en la Pasión y Muerte, encuentra su plenitud y cumplimiento en la Resurrección. La delimitación de mi reflexión la encuentro en los cuatro formularios de Misa que nos ofrece la colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María (llamado impropiamente “misal mariano” y más bien considerado como un apéndice del Misal Romano). Éstas fueron aprobadas y publicadas por la Congregación para el Culto Divino, el 15 de agosto de 1986, en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Están constituidas por dos tomos: Misal (I) y Leccionario (II). Son 46 esquemas de misas para cada uno de los tiempos litúrgicos: Adviento (3 formularios), Navidad (6 formularios), Cuaresma (5 formularios), Pascua (4 formularios) Tiempo Ordinario (tres secciones con un total de 28 formularios). Se trata de un compendio de formularios de misas -se lee en el decreto de la Congregación para el Culto Divino- “que se distinguen por su mucha doctrina, por su piedad e importancia de los textos” destinados para que “se fomente la auténtica piedad, tanto de comunidades como de fieles en particular, hacia la Madre del Señor”. Retomando las Misas que aparecen allí para el Tiempo Pascual, éstas vienen presentadas así: La Virgen María en la resurrección del Señor; Santa María, fuente de luz y de vida; La Virgen María del Cenáculo; La Virgen María, reina de los apóstoles. |
 Corresponde al formulario número 15 de la colección de misas. El mismo texto lo encontramos en el Misal Romano, Común de santa María Virgen, en tiempo pascual. De novedoso trae la antífona de entrada y su prefacio. Precisamente la antífona de entrada se inspira en una de las características propias del espíritu de la Pascua: la alegría, por lo que llamando a María “Madre de la luz”, la invita a alegrarse “porque Cristo, el sol de justicia, ha vencido las tinieblas del sepulcro e ilumina al mundo entero”… Emergen claramente aquellos términos que le son propios a la liturgia pascual: la alegría, la luz. Precisamente, con relación a la alegría, en la oración colecta, se ora a Dios “que por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, ha llenado el mundo de alegría”, y se invoca la intercesión de María para “llegar a alcanzar los gozos eternos”. Así mismo en el prefacio se subraya cómo la resurrección del Señor “colmó de alegría” a la Santísima Virgen, pues “ella había concebido al Hijo creyendo, y creyendo esperó su resurrección”. De esa misma alegría está tejida la antífona de comunión. “Alégrate, Virgen Madre, porque Cristo ha resucitado del sepulcro”. Es, así mismo, la invocación que aparece en la oración para después de la comunión, donde se pide “que por la fuerza salvadora de la resurrección merezcamos llegar a las alegrías eternas”. La Liturgia de la Palabra de Dios que se nos ofrece para la misa que aquí comentamos, lógicamente está toda ella imbuida de este trasfondo. El autor del Apocalipsis nos narra su experiencia: “Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, y destaca el motivo para la alegría: “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (cf. Ap 21, 1-5ª). El salmo es tejido a partir de algunos versículos de los capítulos 61 y 62 del profeta Isaías e inicia con estas palabras: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Y la antífona que precede al Evangelio: “Dios te salve, santa María, que, sufriendo junto a la cruz, compartiste los dolores del Hijo; ahora gozas de una serena alegría”. Se expresa aquí cómo la alegría es la consecuencia lógica del haber compartido también la experiencia de dolor de su Hijo. Y, finalmente, en el evangelio de S. Mateo (28, 1-10), se nos da cuenta del anuncio de la resurrección del ángel para con aquellas mujeres _María Magdalena y la otra María_ quienes “en la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana fueron a ver el sepulcro”. Ante tal noticias “ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro”. Y se describe su estado de ánimo: “impresionadas y llenas de alegría”. Posteriormente, es el mismo Jesús quien al salirles a su encuentro les saluda: “¡alegraos!”. En las letanías lauretanas invocamos a María como “causa de nuestra alegría”. Y, en verdad, lo es por muchos motivos… En efecto, no se puede dar lo que no se tiene… Ella nos hace partícipe de su misma experiencia. En nuestro entorno hay muchos motivos para el llanto, la angustia, la tristeza y el dolor… Si de veras hemos resucitado con Cristo, comprometámonos en esta Pascua a ser sus anunciadores llevando alegría a personas, familias y grupos y comunidades de manera afectiva y efectiva. Seamos los apóstoles y misioneros de la alegría. Santa María, fuente de Luz y de Vida Teológicamente Cristo es la “fuente de luz y de vida”; María lo es por participación, por lo que “en esta misa se conmemora la función maternal que ejercen en los fieles tanto la Iglesia como la santísima Virgen. La maternidad de María precede a la maternidad de la Iglesia, de la que es tipo y modelo” (cf. LG 63). Emergen claramente aquí dos contenidos substanciales de la Vigilia Pascual y que, desde luego, aparecerán a la largo del tiempo pascual: La luz y la vida en clave de maternidad y se expresa el íntimo nexo entre María y la Iglesia; ambas engendran la vida y la dan a luz; María a Jesús y la Iglesia a los nuevos hijos de Dios. Aparecen ya en la antífona de entrada: “Salve, Madre de la luz, engendraste a Cristo permaneciendo virgen y te has convertido en modelo de la Madre Iglesia, que regenera a los pueblos creyentes por el agua virginal del bautismo”. Y, de manera especial, esta reflexión teológica viene expresada en la oración colecta: “Señor, concede a la Madre Iglesia que dio a luz a los hombres terrenos por naturaleza, pero celestiales por la vida surgida de la fuente virgen del bautismo, poder conducirlos, mediante el Evangelio de la vida y los sacramentos de la gracia, a la plena identificación con Jesucristo, su autor, que nació de la Virgen fecunda y es primogénito entre muchos hermanos y Salvador universal”. El prefacio tiene como inspiración la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana que originalmente eran administrados en la Vigilia Pascual. Hoy en día no es tan común, si bien en algunos lugares se sigue haciendo, sobre todo cuando se trata de pequeñas comunidades. He aquí el texto central del prefacio: “… Porque estableciste, por un don de tu amor, que en los sacramentos de la Iglesia se realizara místicamente lo que se había cumplido en la Virgen María: la Iglesia da a luz en la fuente del Bautismo a nuevos hijos concebidos virginalmente por la fe y el Espíritu; una vez nacidos los unge con el aceite precioso del crisma, para que el Espíritu Santo, que colmó de gracia a la Virgen, descienda con sus dones sobre ellos; y además prepara cada día la mesa a sus hijos, para alimentarlos con el pan bajado del cielo, que la Virgen María dio a luz para vida del mundo…”. Una mirada a las lecturas que de este formulario nos permite ver que la 1ª. sugiere el tema del bautismo: “bautizaos todos en nombre de Jesucristo”. Bastante explícita es la antífona que precede al Evangelio: “Dichosa eres, santa Virgen María: de ti salió el sol de justicia…; el que lo sigue tendrá la luz de la vida”. Para el Evangelio aparecen dos opciones: Jesús que grita, entre otras cosas, que Él ha venido “al mundo como luz” (cf. Jn 12, 44-50); el diálogo entre Jesús y Nicodemo entorno al nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 1-6). Todo lo anterior podría sugerir una muy buena catequesis sobre los sacramentos de la iniciación cristiana y, de manera muy especial, sobre estos dos conceptos: el agua, sinónimo de vida y la luz que refleja la vida. Ambos aparecen de manera muy clara en la celebración del rito del sacramento del Bautismo y de la Vigilia Pascual. |
 “En la Santísima Virgen, que estuvo presente en el primer grupo de los discípulos de Cristo, la Iglesia ha ido descubriendo progresivamente a la madre que alentaba con su amor los comienzos de aquella primitiva comunidad y al modelo destacado de oración unánime” (cf. Misal mariano, Tomo I, p. 96) El texto bíblico que inspira este formulario de misa y que aparece en la primera lectura del mismo es Hechos de los Apóstoles 1, 6-14. Allí se nos narra el último encuentro entre Jesús y sus discípulos antes de la Ascensión y la promesa ya próxima del Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser sus testigos. La escena lucana les ubica después en la casa y, más específicamente en la sala, donde se alojaban; al mencionar el autor sagrado el nombre de cada uno de los Once, agrega: “Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas, la madre de Jesús…” (v. 14).
 Una mirada contemplativa de este cuadro nos ofrece, entre muchas otras, cuatro consideraciones que aparecen con claridad en los textos eucológicos del formulario mariano que nos ocupa: a) María y el Espíritu Santo. Ella es la mujer “llena de gracia” que concibió la Palabra por obra del Espíritu Santo (cf. prefacio). En ella habita la plenitud de ese Espíritu, pues ha sido colmada de sus dones (cf. oración colecta) y a lo largo de su existencia estuvo siempre atenta a la “voz del Espíritu (cf. oración sobre las ofrendas).
b) María, modelo de la Iglesia. La antífona de comunión inspira también la composición de las oraciones presidenciales: “Los discípulos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (He 2, 42). Por eso, ya desde la oración colecta se implora la intercesión de quien aparece en oración con los apóstoles, para que también la Iglesia de hoy “persevere en la oración en común, llenos del mismo espíritu” y el fruto de ello sea, como anunciado y leído en la primera lectura, ya citada, “llevar a los hermanos el Evangelio de la salvación”. Por oración en común quiero entender aquí de modo preponderante aquella que se da dentro de la Liturgia y, en especial, la Eucaristía dominical a partir de la cual, a lo largo de la semana y en los aerópagos modernos, habrá de realizarse la acción evangelizadora de la Iglesia. c) Otra de las reflexiones que inspiran los textos en mención, tienen que ver con las características de la Iglesia naciente descritas por Lucas; están son: la unidad y la concordia. Asó lo refiere el prefacio: “Porque nos has dado en la Iglesia primitiva un ejemplo de oración y de unidad”. Y también la oración después de la comunión: “concédenos trabajar por la concordia y la paz de los hermanos”. d) De igual manera, al centro de la vida fraterna en comunidad, aparece la Palabra enseñada por los apóstoles. Siendo la oración en común por excelencia la Eucaristía, en ésta se nos sirve también “el Pan de la Palabra” que encarnada y hecha vida nos hace “madre y hermanos” de Jesús (cf. Lc 8, 19-21). |
 La Virgen María, Reina de los Apóstoles Si bien la Iglesia fue fundad por Cristo Jesús en el contexto de los acontecimientos pre-pascuales que la liturgia celebra el Jueves Santo, es decir, la institución del sacerdocio ministerial y la eucaristía, ésta se hace misionera una vez que los apóstoles, reunidos en el cenáculo con María, la madre del Señor, reciben la efusión del Espíritu Santo. Precisamente, el formulario de misa número 18, tiene este matiz misionero: “La asamblea de los fieles pide a Dios ser capaz de ‘proclamar la gloria de su nombre con el testimonio de la palabra y de la vida’ (oración colecta), pide también ‘el aumento de la Iglesia por el número de sus fieles (oración sobre las ofrendas) y que el ‘pueblo obtenga… la salvación’ (oración después de la comunión)” (cf. Misal mariano, Tomo I, p. 99). El prefacio, inspirado en el texto lucano de la visitación de María a su prima S. Isabel (cf. Lc 1, 39-45) subraya la actitud de los apóstoles, con Pedro a la cabeza, en el evento de pentecostés: “movidos por el mismo Espíritu, anunciaron animosos, a todos los pueblos, el Evangelio”. También hoy “la santísima Virgen precede con su ejemplo a los heraldos del Evangelio, los estimula con su amor y los sostiene con su intercesión para que anuncien a Cristo Salvador por todo el mundo”. Los textos bíblicos que acompañan esta celebración son: Hechos 1, 12-14; 2, 1-4; el salmo 86 (“¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!”); Juan 19, 25-27. Este último, el evangelio, con el propósito de expresar que la presencia de María en la acción evangelizadora de la Iglesia primitiva, como también hoy en día, brota de su maternidad espiritual. Es famoso el título y el texto de un manual de mariología que tiene por autor al sacerdote jesuita Carlos Ignacio González: “María, evangelizada y evangelizadora”. Ha sido también ésta la experiencia de los primeros seguidores de Jesús y ha de ser la de sus discípulos misioneros de hoy y de siempre. En este orden de ideas, María es ejemplo y, de manera muy especial, estamos llamados a sentirla que, cual “pedagoga del Evangelio”, está ahí con nosotros. El documento conclusivo de Aparecida sintetiza esta idea al llamarla “la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros (n. 269). Y, refiriéndose a la misión continental en la que está empeñada nuestro continente latinoamericano y caribeño, donde se quiere enfatizar el binomio discipulado/misión, nos invita a mirarle, pues “ella brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo” (cf. n. 270). Ella es madre en la Iglesia que con su presencia “ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierten en ‘casa y escuela de la comunión’ y en espacio espiritual que prepara para la misión” (cf. n. 272). |
 Para concluir… Ya años atrás, Pablo VI en la exhortación apostólica sobre el culto mariano (febrero 2 de 1974), señalaba entre las orientaciones para una renovada piedad hacia la Madre de Dios, la litúrgica, además de las orientaciones bíblica, ecuménica y antropológica (cf. MC ns. 29-39). De consecuencia, servirnos de este precioso instrumento litúrgico, el “misal mariano”, y su rico contenido eucológico, responde a este propósito. Es una manera muy apropiada de vivir y contemplar con María los misterios de Cristo Jesús, como nos los señala Juan Pablo II en su Carta sobre el santo rosario (cf. Rosarium Virginis Mariae, Octubre 16 de 2002). Hemos tomado en consideración cuatro esquemas marianos… Cada uno de ellos nos sugiere, desde la reflexión doctrinal, elementos espirituales y pastorales para la vida personal y comunitaria: La Virgen María en la resurrección del Señor… Al centro de nuestra fe está el acontecimiento pascual; la Palabra de Dios proclamada en estos cincuenta días nos está invitando a vivir como discípulos misioneros del Resucitado. Así como María participó plenamente de la resurrección de su Hijo que está íntimamente ligada a su gloriosa Ascensión, ella -asunta en los cielos- sugiera a nuestra espiritualidad ese deseo por “tender hacia los bienes del cielo”, desde el esfuerzo por realizar el querer de Dios cada día aquí en la tierra. Santa María, fuente de luz y de vida… Como ya señalado, este esquema de misa propone a la reflexión, a la espiritualidad y a la pastoral la vivencia de los sacramentos de la iniciación cristiana. Ocasión oportuna para ahondar en cada uno de ellos; llevar a la mente, al corazón y a la celebración lo que significan para el creyente y los compromisos que desde éstos se derivan en ese esfuerzo por ser también nosotros “fuente de luz y de vida” para quienes habiendo recibido el bautismo, la confirmación y la eucaristía, se han alejado de la Iglesia y viven de manera indiferente o “pagana”… A este respecto, ¿qué nos sugiere la misión continental en la que estamos comprometidos, a la luz de Aparecida? La Virgen María del Cenáculo… Esta escena evangélica nos invita a la contemplación de la Iglesia. El cenáculo es el espacio en el que Jesús, al celebrar la última cena juntamente con los Apóstoles, funda la Iglesia. Es allí, donde la Iglesia naciente recibe la plenitud del Espíritu Santo, y se hace decididamente misionera. Esa misma Iglesia, también hoy acompañada por María, encuentra en ella un estímulo para su proceso discipular y misionero, pues los fieles cristianos “en ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio” (Doc. De Aparecida, n. 265). La Virgen María, reina de los Apóstoles… Así como el discipulado genera la misión y tal dinamismo habrá de permanecer en el itinerario propio de toda formación continuada, de igual modo, María _madre de la Iglesia y madre en la Iglesia_, seguirá siendo esa “estrella de la nueva evangelización siempre renovada”, pues “con gozo, constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más significativos de su gente” (Doc. De Aparecida, n. 269). P. Jorge Iván Gómez Gómez, mdr
pjorgemdr@yahoo.com |
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