Antes de entrar en las preguntas centrales que se propone como clave de mirada integral sobre la fiesta de la Pascua, es necesario, es fundamental que nos preguntemos acerca de lo que es para nosotros la fe… esta comprensión marca y marcará todo cuanto realicemos y la manera como dispongamos cada una de las celebraciones del triduo Pascual (esto es lo que se lee detrás de las palabras y de las acciones). La experiencia de fe se comprende y se asume desde una perspectiva de cercanía de Dios que se hace encuentro personal y transformación de la vida de cada uno/a y de la realidad del entorno expresada en acciones, actitudes y sentimientos en la vida cotidiana, que además, da sentido a la vida personal y se hace discipulado en una vida de comunidad; es también, proyecto de construcción de nueva sociedad a partir de los principios de vida, intereses y criterios revelados por Dios. En esta experiencia la fe se hace camino de espiritualidad, espiritualidad que nos dispone para hacer el bien (más que para ser buenos) espiritualidad que nos hace mejores seres humanos, nos humaniza según la voluntad de Dios y nos prepara para vivir en la justicia centrada en el amor. Por tanto, la fe es mucho más que aquellas visiones que reducen la espiritualidad a un encuentro individual e íntimo con un dios que salva individualmente. El Dios de Jesús, su Proyecto de Vida y Salvación–Liberación abarca a todo el ser, y a él/ella en medio de la realidad de su entorno y de la realidad estructural en la que está inmerso/a. Ahí la base de comprensión de la integralidad de la fe. Así entonces con base en este sentido de la fe, las preguntas en referencia del qué, el cómo y el para qué de nuestras celebraciones pascuales tienen un horizonte de mirada, valoración y evaluación. A partir de esta comprensión de la fe preguntémonos por los sentidos e intencionalidades que se desprenden de aquello que estamos planeando y organizando para vivir y celebrar esta Pascua; y al mismo tiempo, preguntémonos por lo que otros/as leen y descubren detrás de nuestras acciones y palabras en medio de la liturgia y de cada momento en este tiempo pascual. Con base en estas afirmaciones, volvamos la mirada sobre las preguntas de esta parte del texto y sugiero establecer una relación entre la revelación bíblica y las prácticas celebrativas del tiempo pascual para, desde ahí, hacer una reflexión que alimente e ilumine lo que estamos preparando y de cómo nos estamos disponiendo para ofrecer en las celebraciones pascuales. Ya en la dimensión teológica el triduo Pascual ha de leerse justamente en el sentido y clave de lo que dice su título y nombre: Pascua. Y Pascua que en su sentido original de “paso”, más no es cualquier paso, es lo que significa e implica el paso de vivir la fe como transformación personal (metanoia) y, al mismo tiempo, como construcción de proyecto de sociedad, en un proceso comunitario, eclesial y social, donde las relaciones entre las personas y con el medio (la tierra – don de Dios para ser pueblo) se fundamentan en criterios y principios de equidad, según la revelación de Dios… Mirado desde la Biblia, en la historia de Pueblo de Dios, hay que observar dos claves que son complementarias a la hora de pensar en el cómo y en el para qué de la Pascua: la primera está en el asumir la revelación del Dios liberador de Israel, el Dios que se opone al Comercio, la Esclavitud, el Tributo, al Ejército, el Rey como criterios y fundamentos del modelo de sociedad que representa Egipto (ese es el rostro de otro dios). Ese paso de liberación–salvación es el que constituye el nacimiento del Pueblo de Dios. Supone y exige un cambio de mentalidad, de intereses, de principios sobre los cuales cimentar la vida personal, comunitaria y social. La segunda, está en el asumir el seguimiento discipular según el espíritu de Jesús, revelado en el Dios–Abbá. Este supone y exige el encuentro personal con Dios que transforma el corazón y hace salir de sí para hacer el bien, aportar en el construir la sociedad en la justicia orientada por el amor de donde nace la paz. Ahí se concreta el ser y actuar de Jesús mediante la compasión, una compasión que lleva a constituir la comunidad fundada en el dejarse mover según el espíritu para el compartir fraterno, en la solidaridad con los más necesitados, en la organización cuya base es el ser hermanos que tienen a un mismo Padre/madre… ahí el sentido del pan que se parte y se comparte en la mesa eucarística, ahí, una clave para comprender y seguir a Jesús como el Cristo de Dios, ahí, un sentido e intencionalidad de la Pascua. Por lo anterior, para la tradición Cristiana Pascua hace referencia–conciencia de la Resurrección de Jesús, “paso” de la muerte a la vida; triunfo sobre la muerte (los factores generadores de muerte, de deshumanización, de injusticia), y un sí de Dios–Abbá a la vida y enseñanza de Jesús, es también rechazo a la decisión–acción del Sanedrín de Jerusalén… Por lo anterior la intencionalidad y sentido de la experiencia de Jesús junto con la Comunidad se convierten en eje de la experiencia de vida de quienes hasta hoy somos seguidores/as y discípulos/as. Así, la relación de continuidad que hay entre la antigua Pascua y la Pascua en Jesús está en que el proyecto de Jesús sugiere y exige, además de la metanoia, la experiencia de la Comunidad como lugar de la construcción de la Justicia, de la transformación de las relaciones de pecado, que suponen también el fundamento y germen de nueva sociedad. Así entonces, desde una mirada a los Evangelios Sinópticos, los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús tienen como centro de Kerygma la intención de confrontar al lector para que asumiendo en la clave de Justicia el discipulado de Jesús, se interpele para asumir en seguimiento de adhesión este proyecto y al Señor de la Vida (sentido de Vida), tomando el riesgo de morir–entregar la vida como proceso realizado a través y a partir de la Comunidad. |
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