Siento con cierta urgencia que ha llegado la hora de levantar la moral a los sacerdotes de la Iglesia católica. En vista de los errores garrafales cometidos por un número considerable de ellos y por el manejo inexplicable que muchos obispos y superiores dieron al asunto, cayó sobre la generalidad del clero una tormenta crítica que todavía no cesa, pero que ha terminado por aplastar a los incursos en acciones pecaminosas y hasta delictuosas, como también a los sacerdotes que con transparencia y en medio de sus propias limitaciones ejercen su vida pastoral a lo largo y ancho del mundo. Todo esto ha generado una actitud generalizada de pesimismo y desesperanza en muchos sectores del clero.
Aunque es comprensible que desde la autoridad apostólica de Roma hasta el más humilde de los obispos, exista una obsesiva preocupación por corregir al clero, no por ello hay que perder de vista una tarea más urgente y es la de recuperar la alegría cristiana en los sacerdotes. Esto no se hace refregándole día y noche al común de los levitas las infidelidades del colectivo, como tampoco omitiendo cualquier referencia al inmenso bien que realiza la mayoría de los consagrados a la vida pastoral. Se trata más bien de proponer de nuevo a los sacerdotes lo que significa el ser otros Cristos, de la sublimidad del sacramento recibido en la ordenación, de la larga historia de importantísimas realizaciones que se encuentra en la vida del clero católico y que debe seguir prolongándose en los que hoy conforman este estamento de la Iglesia.
Dentro del sistema de vida que conforman como un conjunto los obispos, los superiores religiosos, el clero secular y el regular hay una carencia inmensa, que se convierte en defecto corrosivo: no se reconoce casi nunca el bien hecho, la obra levantada, la meta lograda, el obstáculo superado. Pero hay una prontitud eléctrica para llegar sobre el error, el defecto, la falla, el cansancio. Por eso es que tantos sacerdotes, cuando reciben un reconocimiento afectivo, económico, emocional, venido de más allá del círculo propio, son propensos a cambiar su orden de prioridades, desplazando a veces lo que tendrían que ser sus compromisos más significativos. Me parece que en ocasiones la frialdad que hay entre el clero, el que manda y el que obedece, surge de una deshumanización sublimada en algo que suelen llamar espiritualidad sacerdotal, pero que bien podría no serlo de ninguna manera.
Para recuperar la alegría y la esperanza de los sacerdotes hay que comenzar por fortalecer y reconocer su condición humana. Confieso mi dificultad cuando el ejemplo recurrente de vida sacerdotal es el Cura de Ars. Fueron otros tiempos, otros modos, otras circunstancias. Me encanta cuando se refresca la figura, la palabra, la obra, la humanidad de Jesús. Ahí está la luz que realmente nos puede iluminar. En Él hay una fuente que no se apaga de vitalidad, de contacto con la gente, de oración profunda, de perseverancia en la misión y en la dificultad, de confianza real en Dios, de piedad en el pecado. Más que cualquier otro punto de referencia, es a Cristo mismo a quien hay que invitar a mirar en forma transparente. Y al enfocarlo, hacer de nuevo conciencia de lo grande que es ser otros Cristos.
En lo humano habría que hacer un esfuerzo por recuperar la memoria de la palabra y la acción histórica del clero católico. Si la Iglesia se ha extendido por todo el mundo se debe en buena medida a la predicación de los sacerdotes, a sus acciones concretas a favor de todo tipo de personas en las áreas más diversas, como la salud, la educación primera y universitaria, la caridad, la asistencia social de los más pobres. Esta memoria hay que refrescarla para saber de cuánto han sido capaces los miembros del clero de la Iglesia, porque a ellos se debe la fundación de parroquias como la generación de revoluciones libertarias, la evangelización de ciudades enteras como la fundación de universidades de primer nivel, la asistencia a pobres y enfermos como la voz profética ante gobernantes tiránicos y déspotas. Ciertamente hay de dónde escoger para entusiasmar de nuevo a los sacerdotes –ahora llamados bastante despectivamente “curas”, aun en medios eclesiásticos- porque si algo está por recuperar en ellos es la alegría de ser otros Cristos y de vivir como tales. Sugiero terminar el juicio de Nûremberg contra el clero y dar paso a nuevos proyectos y potencialidades. P. Rafael de Brigard Merchán, Pbro.
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