Año 39 - Nº 142 - Abril / Junio 2011
LOS LAICOS TAMBIÉN PUEDEN
Uno de los compromisos más importantes de nosotros los sacerdotes, y quizás el más importante de todos en el ministerio sacerdotal, es la catequesis.
Ya encontramos en los primeros tiempos de la Iglesia (Hch 6, 1ss) las muchas ocupaciones en las cuales los apóstoles se encontraban empeñados de tal manera que no les quedaba tiempo ni para comer. ¿Qué hicieron los apóstoles? Reunieron a los discípulos y les dijeron: “No es conveniente que descuidemos la Palabra de Dios…” por dedicarnos, incluso, a obras de caridad… Busquen a siete hombres llenos de sabiduría para que se dediquen a los servicios de caridad mientras nosotros nos dedicamos a la oración y al ministerio de la Palabra.
Hoy nos encontramos con situaciones parecidas: los sacerdotes vivimos sumergidos en un montón de compromisos de todo tipo que lo más cómodo que resulta es dejar nuestros deberes espirituales porque “el tiempo no nos alcanza”. Nos quejamos de todo: que el trabajo es demasiado; que no hay recursos suficientes; que la gente no colabora, y que nadie reconoce nuestros esfuerzos. Como no queremos fallarles a quienes han puesto su confianza en nosotros, no sabemos ni qué hacer.
Nos olvidamos de que, las prioridades en nuestra vida son, en primer lugar, nuestros compromisos espirituales y aquellos que solamente nosotros, en cuanto sacerdotes, podemos realizar; el resto es secundario.
Ninguno de nosotros sacerdotes somos indispensables ni a la Iglesia, ni a la parroquia, ni a la comunidad, ni a la familia, ni a nadie. Después de nosotros vendrán otros quizá mejores que nosotros: más eficientes, más dinámicos, más apóstoles, más santos. Está bien que vivamos ocupados y preocupados por cumplir nuestros deberes, por sacar adelante con éxito nuestras responsabilidades, pero no debemos olvidar que también nosotros somos humanos no sansones, ni ángeles, sino humanos, frágiles y limitados como todo humano. También nosotros podemos armar nuestra revolución, pero comenzando por nosotros mismos: 1) En primer lugar, descubriendo lo esencial de nuestra misión delante de Dios. 2) Confiando prudentemente en las personas. 3) Escogiendo bien a nuestros colaboradores para realizar aquellas actividades que no son de la esencia exclusiva del sacerdote. 4) Teniendo la precaución de revisar y animar diligentemente a las personas que hemos delegado.
Tendremos así un equipo formidable de personas para realizar las responsabilidades que nos encomienden.
Quiero citar un trozo de una carta escrita por unos laicos del Consejo de Pastoral de cierta diócesis, dirigida con cariño y con sinceridad a sus sacerdotes, como conclusión del año sacerdotal. En primer lugar, les agradecen por la celebración diaria de la Eucaristía y por el tiempo dedicado a escuchar las confesiones. Luego hacen una petición sacrosanta: “Queremos ofrecerle nuestra colaboración para realizar tareas que podemos hacer nosotros, los laicos, con el fin de que a usted le quede más tiempo para la oración, pues notamos que usted va a toda carrera en las oraciones. Podríamos hacerlo, si usted nos diera más confianza. No lo queremos a usted un experto en comunicaciones, en tecnología, o en economía, sino que usted disponga de más tiempo para dialogar con nosotros y hablar con más amistad con todos…”.
Creo que esto tiene mucho que decirnos a los sacerdotes y nosotros mucho que aprender.
Padre Jorge Cortés, ssp.
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