
|
Para hablar de la enseñanza paulina en el tema de la Iglesia, ante todo hay que recordar que Pablo, más que teólogo de la eclesiología fue un artífice de iglesia; no sólo porque se le reconoce como pionero de la fundación de comunidades eclesiales en toda la cuenca del Mediterráneo (Asia Menor y Europa), sino especialmente porque fue el gran promotor del “sentido comunitario”. Por supuesto que fue Jesús quien sentó las bases, con su vida, con sus enseñanzas, con su entrega, pero a Pablo le correspondió la gran responsabilidad de hacer realidad esa iglesia-comunión propuesta por Jesús como camino de salvación en los difíciles ambientes del mundo urbano grecorromano.
A partir de su conversión-vocación en el camino de Damasco, Pablo fue entendiendo que ser cristiano necesariamente implicaba serlo en comunidad; que nada había de más lejano del ideal de Iglesia cristiana que el individualismo egoísta. Por eso dedicó toda su existencia, de allí en adelante, incluidos sus viajes y fatigas misioneras, sus cartas eminentemente pastorales, sus actuaciones apostólicas, a crear Iglesia, sobre la práctica y las enseñanzas del mismo Jesús, que antes pone los fundamentos de su propuesta llamando a sus discípulos “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13-14). De modo que la Iglesia se constituye no a partir de doctrinas sino de la convivencia con el Maestro y con la comunidad de los discípulos/as. Concepto de Iglesia en la práctica evangelizadora paulina
Crear comunidad, siguiendo los grandes principios y valores enseñados por Jesús, fue para Pablo no sólo una de sus más profundos deseos y objetivos, sino ante todo, una parte fundamental, por no decir la más importante, en su estrategia evangelizadora y misionera. Y los contextos de la actividad apostólica paulina necesitaban y exigían esa opción. En efecto, los ambientes urbanos del mundo grecorromano (pagano) del que Pablo se siente deudor del Evangelio, estaban fuertemente marcados por el individualismo (como puede suceder también hoy por hoy en nuestras grandes ciudades) y por el pluralismo de las múltiples escuelas filosóficas, que en la práctica llevaba a divisiones y partidismos (cf. 1 Cor 1,10-17).
En su empeño de “inculturar el evangelio” en el mundo pagano, Pablo asume la creación de la comunidad (ekklesía) como alternativa cristiana frente a la propuesta griega de la polis o la propuesta judía de la sinagoga, que representaba más el judaísmo de la diáspora, mayoritario en su número y muy bien conocido por el Apóstol, por ser el ambiente en el cual nació y transcurrió su infancia. Es muy probable que tomara algunos elementos tanto de la polis griega como de la sinagoga judía, para integrarlos a la identidad propia de la ekklesía cristiana. De hecho, por el testimonio de Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sabemos que Pablo y su equipo evangelizador, al llegar a una población, acostumbraban dirigirse primero a la sinagoga, donde encontraban algunos judíos dispuestos a escucharlos, y entre éstos, alguno dispuesto además a aceptar a Jesús como el Mesías, o buscaban algún lugar en el que se supiera que se reunían los judíos para orar (cf. Hch 13,5.14-43; 14,1; 16,13).
Del ambiente griego de polis, era más difícil asumir elementos útiles para la ekklesía, porque los ambientes urbanos helenísticos eran mucho más dispersos y pluralistas (además, sincretistas) que los contextos judíos; sin embargo, hubo una institución grecorromana que pudo haber servido a Pablo en su propósito de crear comunidad como espacio ideal de la evangelización, y fruto maduro de la misma, se trataba de las asociaciones (col-legia) que tenían finalidades cívicas. Era muy claro, en todo caso, que una comunidad cristiana no podía ser ni una sinagoga ni una simple asociación cívica, debía tener identidad propia.

Y esa identidad comienza a gestarse en los ambientes domésticos; de hecho, son las casas de familia (domus) los primeros núcleos de vida cristiana en la innovadora metodología paulina de hacer comunidad: la casa de Lidia, en Filipos, por ejemplo (Hch 16,15), o la de Jasón, en Tesalónica (Hc 17,5-9), la de Priscila y Aquila, en Corinto (Hch 18,2ss, dato también confirmado por el mismo Apóstol en 1 Cor 16,19 y en Rm 16,5), la de Ticio Justo, también en Corinto (Hch 18,7). Aunque también aprovechó espacios públicos más abiertos (como el Areópago de Atenas, Hch 17,1ss), su preferencia era claramente la casa de familia (cf. También Filemón 2 y Col 4,15).
El desafío que se le presentaba a Pablo y a su equipo evangelizador no era para nada fácil, pues se trataba de formar comunidades de características muy plurales y universales, en las que tuvieran espacio tanto los judíos como los paganos de las más variadas procedencias y características, tanto de culturas y razas, como también filosofías, costumbres y cultos variados. Y es elocuente que tanta diversidad hubiese tenido como respuesta paulina el modelo doméstico de Iglesia. Tal vez porque ya la familia es en sí misma el primer ejemplo de “unidad en la diversidad”. Al fin y al cabo, el modelo de la familia garantizaba de principio un fuerte vínculo afectivo, un ordenamiento donde también había un principio de autoridad (pater familias), y una variedad de funciones y servicios. Sólo que la fuente de unidad no es propiamente la autoridad del padre de familia, ni los vínculos de sangre, sino una adhesión libre y voluntaria en función de cumplir la voluntad de Dios (como el propio Jesús lo había asegurado: “mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”: Lc 8,19-21; cf. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35).
Bajo el techo de una misma casa, según este modelo doméstico de Iglesia, es posible congregar a las personas de más variadas condiciones y clases sociales, lo cual enfatiza el carácter universal (católico) del cristianismo, que va identificándose como el nuevo Pueblo de Dios; sólo que si el antiguo Pueblo de Dios encontraba en la Ley el punto de encuentro y cohesión nacional, ahora ese núcleo que garantiza unidad y comunión es la Fe en Cristo muerto y resucitado, tal como lo predica Pablo desde los albores de la Iglesia; y si el anterior pueblo de la Alianza expresaba su culto y su pertenencia a dicho pueblo mediante los sacrificios y la circuncisión, respectivamente, en el nuevo pueblo de Dios existen fundamentalmente la eucaristía y el bautismo como medios privilegiados para significar la comunión con Dios y con los semejantes. Ya no se necesita el Templo como escenario del culto, sino que la comunidad reunida es el lugar por excelencia donde acontece la presencia de Dios.
Sin embargo, no es que Pablo hubiera dado el nombre “pueblo de Dios” a la Iglesia, todo lo contrario, más bien parece evitarlo intencionalmente, para no incurrir en confusiones; además, porque la que en la biblia hebrea (AT) era llamada “qahal Yahvé” (asamblea de Dios), en la Biblia griega de los LXX recibe el nombre de ekklesía, como el término que se generaliza para designar los grupos de discípulos de Jesús congregados en asamblea, no sólo como grupo reunido, sino como un vínculo fraterno que va más allá del momento de la reunión, y que no excluye a nadie (como en el caso judío, donde prácticamente quedaban por fuera las mujeres, los niños, los extranjeros), sino que es eminentemente inclusivo, implicando relaciones de mutua interdependencia, bajo la guía y presidencia de personas designadas para ese servicio: epíscopos, diáconos, presbíteros.
 Sentido de iglesia en los escritos paulinos
En las cartas paulinas, además de las múltiples orientaciones y exhortaciones a vivir los valores comunitarios, son particularmente elocuentes algunas imágenes que usa el Apóstol para referirse a la Iglesia: el cuerpo, la esposa, el edificio y el plantío.
• Iglesia-Cuerpo:
Los textos más significativos para comprender esta imagen usada por Pablo en su propuesta eclesiológica son los capítulos 12, tanto de la primera carta a los Corintios, como de la carta a los Romanos. En 1 Cor es muy importante ubicar el capítulo 12, especialmente los versículos 12-31, en el contexto de una enseñanza que viene ofreciendo el Apóstol a propósito de los carismas espirituales. Los capítulos 12-14 desarrollan y aplican el tema de los carismas a la realidad eclesial, y el corazón de dicha reflexión lo encontramos en el hermoso himno al amor, del capítulo 13, como el carisma por excelencia, el mejor y el que justifica y da sentido a los demás carisma (cf. 1 Cor 13,31). Es a la luz de esta enseñanza (los carismas), que se puede entender mejor el símil del que se sirve Pablo para referirse a la Iglesia como Cuerpo, con la inseparable referencia a Cristo como la Cabeza de dicho cuerpo.
Obviamente, para enriquecer la comprensión de estas reflexiones paulinas, tampoco podemos perder de vista la realidad concreta de la Comunidad cristiana de Corinto cuando les escribe el Apóstol. La Comunidad de Corinto, ya bombardeada por los ambientes sociales de relajación moral y excesiva valoración de la razón humana en medio de los cuales vivía, adolecía también de graves crisis internas, divisiones, pleitos, inmoralidades, idolatría (cf. 1 Cor 1,10-17; 3,1-5; 5,1ss; 6,1-11.15-20; 10,14-22), e incluso injusticias, que afectan la vida fraterna hasta en el ámbito sagrado de la celebración de la cena del Señor (cf. 1 Cor 11,17-34). A estas circunstancias concretas es que el Apóstol responde con su propuesta de la Iglesia “unidad en la diversidad” a la luz de la imagen del Cuerpo y su Cabeza. 
La aplicación de la imagen es bastante fácil de realizar, pues el símil en sí mismo es muy claro: así como en un cuerpo hay muchos miembros que lo conforman, y son unidos pero diversos, asimismo sucede en la Iglesia: son muchos sus miembros, y de muy variadas características, pero no forman más que un único cuerpo, en el cual es clara la supremacía de Cristo-Cabeza.
En la Carta a los Romanos, después de haber profundizado en el tema prioritario de la justificación por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, en el capítulo 12 ofrece aplicaciones concretas de esa doctrina (la gratuidad de la salvación) al ámbito comunitario eclesial. Y vuelve a apelar a la imagen del cuerpo, con términos prácticamente iguales a los usados ya en 1 Cor. La vida nueva que brota de la experiencia de gratuidad de la salvación inaugura un nuevo culto: “ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, éste es el verdadero culto” (Rm 12,1); implica también una transformación radical hasta adquirir una nueva mentalidad capaz de discernir la voluntad de Dios
(cf. Rm 12,2).
Una vez puestos estos planteamientos de base, Pablo desarrolla el tema eclesiológico a partir de la comparación con el cuerpo humano, también relacionado con el tema de los carismas y las diversas funciones de servicio en la Comunidad. El criterio de fondo es la edificación de la comunidad, desde la diversidad de dichos carismas y tareas complementarias, particularmente en la vivencia del amor fraterno (Rm12,9ss). Un texto que retoma y refuerza esta doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, se encuentra en Efesios 4,1-16, bajo la forma de una exhortación a la unidad. También en Colosenses 1,18, en el contexto de un himno cristológico que presenta la supremacía de Cristo en la creación, como salvador y primogénito de toda criatura, vuelve el Apóstol a afirmar que Cristo es la cabeza de la Iglesia. Y poco más adelante, en la misma Carta, hablando de la vida cristiana y su necesaria e irrenunciable dependencia de Cristo, retoma la imagen Cuerpo-Cabeza como símbolo por excelencia de las relaciones entre la comunidad cristiana y nuestro salvador, que en lo práctico encuentran su expresión en el bautismo cristiano (cf. Col 2,9-15).
• Iglesia-Esposa:
También en la carta a los Efesios, hablando Pablo del ideal cristiano para los esposos, y de cómo deben tratarse mutuamente en el contexto del matrimonio, en el respeto, la recíproca docilidad, el amor entrañable, se refiere concretamente a Cristo como el Esposo y la Iglesia como la esposa (Ef 5,22-33), como un símbolo precioso que debe orientar las relaciones entre esposos cristianos.
El símbolo esponsal no es absolutamente nuevo, ya en el Antiguo Testamento lo habían usado algunos profetas, especialmente Oseas y Jeremías, para referirse al amor de Dios por su pueblo (cf. Os 2,4-25; Jr 2,1-13). En este texto que venimos comentando de Efesios, el Apóstol establece una interesante conexión de esta imagen (esposa-esposo), con la del Cuerpo-Cabeza (cf. 5,28-30), justamente porque el sentido de las dos imágenes en definitiva apuntan a lo mismo: la unidad en el amor, la vida que se recibe de Cristo y las exigencias prácticas que derivan de esa íntima comunión. Desde el presupuesto de Cristo-esposo, la Iglesia-Esposa, se entienden las múltiples exhortaciones de Pablo dirigidas a los esposos cristianos, en las cuales los invita a amarse, respetarse y obedecerse mutuamente
(cf. Col 3,18-19).
• Iglesia-edificio:
Para ilustrar esta otra imagen usada por Pablo para ayudar a comprender el sentido de la Iglesia, nos podemos remitir a dos textos interesantes, el primero de la 1 Cor 3,9-23, y el otro mucho más breve, de 2 Tm 2,20-21.
En 1 Cor 3,9-23 el apóstol compara su trabajo apostólico y su participación en la obra evangelizadora con la construcción de un edificio sobre el sólido fundamento que es Jesucristo. Edificar la Iglesia implica un trabajo en equipo. Muchos colaboradores intervienen, pero uno sólo es el cimiento (Cristo), que es quien garantiza unidad a la edificación. La responsabilidad personal (que cada cual analice con qué material está levantando su construcción), se armoniza con la responsabilidad comunitaria (todos formamos el “santuario de Dios”, la Iglesia, que recibe su sacralidad de Dios mismo). Nuevamente recordemos las circunstancias históricas que estaba afrontando la Comunidad cristiana de Corinto, que nos ayuda a contextualizar e interpretar mejor la enseñanza paulina en este caso.
El otro breve pasaje, menos evidente pero no menos significativo, es el de 2 Tm 2,20-21, donde el Apóstol se refiere a la Iglesia como “una casa grande”, donde hay diversidad de utensilios, que también varían de calidad y valor según su uso. Aunque muy tangencialmente, podemos ver aquí un modo de pensar en la diversidad que forma la unidad de la Iglesia. Similar al tema de los carismas, que en su pluralidad ayudan a edificar la única Iglesia, el único cuerpo de Cristo.

• Iglesia-plantío:
Para este caso, es nuevamente la primera carta a los Corintios la que nos ofrece esta imagen. En concreto, Pablo está cuestionando las divisiones y conflictos internos de los Corintios como signos de inmadurez en la fe. Entre los Corintios, parece ser que hubo bandos, como si se tratase de diversas corrientes o escuelas filosóficas, como las veían en el ambiente de su Ciudad, que había sido cuna de grandes pensadores y escuelas de filosofía. Pablo advierte que no hay los cristianos de Pablo, o los cristianos de Apolo, o los cristianos de Pedro (Cefas), como si estuvieran divididos en facciones
(cf. 1 Cor 1,12-13). El único punto de referencia fundamental, que garantiza unidad a toda la Iglesia es Cristo, pues fue sólo Él quien entregó su vida por la humanidad.
Refiriéndose a esa unidad de la Iglesia, Pablo compara el trabajo de los Apóstoles (el suyo propio, el de Apolo, o el de Pedro), con los diversos aportes que brindan los trabajadores en un sembrado, para que haya cosecha: “Yo sembré, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer. De manera que ni el que planta ni el que riega son nada, sino Dios que hace crecer. El que planta y el que riega trabajan en lo mismo; cada uno recibirá su salario según su trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes son el campo de Dios…” (1 Cor 3,6-9).
También esta imagen del campo o plantío de Dios es en sí misma elocuente y permite extraer interesantes aplicaciones, pero siempre en la línea de la “unidad en la diversidad”, que podríamos aceptar como síntesis de eclesiología paulina por excelencia, donde la unidad nos remite necesariamente al fundamento teológico de la Iglesia: Cristo, mientras que el tema de la diversidad no conduce a pensar en los carismas y funciones que el espíritu Santo suscita, pero también alude a la riqueza de los aportes humanos en dicha comunidad. Allí se valora la originalidad de cada persona, que por la acción de Dios se armoniza con las demás personas para crear y cultivar profundos nexos de fraternidad, justicia, solidaridad y amor.

Síntesis: características de la Iglesia en la enseñanza paulina
Sacando conclusiones de todo lo anteriormente expuesto, podríamos delinear el perfil de la iglesia que Pablo busca formar, bajo los siguientes aspectos y características:
• Comunidad cristocéntrica: justamente porque la referencia a Cristo es la que da identidad a la Iglesia para que pueda llamarse “cristiana”.
• Comunidad trinitaria: porque no es posible poner el fundamento cristológico sin remitirse a la Trinidad; y especialmente porque los lazos de amor y de comunión de la Santísima Trinidad son el más grande modelo que se pueda pensar para la comunión eclesial.
• Comunidad pneumatológica: porque el Espíritu Santo es el fundamento de la unidad eclesial, y al mismo tiempo la fuente de los carismas y dones que permiten edificar la única iglesia en la diversidad de servicios y funciones.
• Comunidad formada por personas humanas (profundamente humana): porque si bien es Dios el único cimiento, somos personas humanas, con nuestras limitaciones y virtudes, las que damos forma concreta a la Iglesia.
• Comunidad unida y plural (unidad en la diversidad): esto ya ha quedado suficientemente explicado a lo largo de las anteriores reflexiones.
• Comunidad carismática: También esta característica de la Iglesia nos remite al Espíritu Santo y sus carismas para edificar la comunidad en el amor.
• Comunidad soteriológica y escatológica: Porque ser iglesia sólo tiene sentido en la medida en que se avanza hacia la salvación de Dios, como don gratuito que ya disfrutamos pero aún no en plenitud (la cual vendrá después de la muerte y con la Parusía del Señor).
• Comunidad en camino de santificación (personal y comunitaria): La vida cristiana se entiende como proceso de santificación, bajo los parámetros de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), y la Iglesia es el camino y el ambiente ideal para realizar esta vocación cristiana fundamental.
• Comunidad abierta y universal: Como quedó suficientemente explicado atrás, el modelo de iglesia paulina-cristiana, a diferencia de otros modelos (judíos o paganos) permite y busca ser eminentemente inclusiva y abierta a todos los pueblos, culturas y razas.
• Comunidad contemplativa y ascética: es decir, que es fundamentalmente fruto de la acción de Dios, pero que exige también el empeño y compromiso humano para corresponder al don divino de la gracia.
• Comunidad profética: anunciar y denunciar son tareas impostergables de quien hace parte de la Iglesia.
• Comunidad apostólica y misionera: al estilo de las comunidades cristianas de la primera hora, especialmente en el contexto de la evangelización paulina, una iglesia cerrada está llamada a desaparecer o morir; debe proyectarse y crear nuevos círculos de vida fraterna, pues ser iglesia, exige ser misionera, enviada a anunciar el Evangelio de Cristo “hasta los confines del mundo” (Hch 1,8).
• Comunidad de amor, solidaria, libre y alegre: son los rasgos típicos del creyente; si la fe cristiana no se vive bajo estos parámetros, es porque no se trata de una comunidad cristiana verdadera, sino una asociación humana cualquiera. Amor, solidaridad, libertad y alegría son las actitudes y valores que expresan la autenticidad de la Iglesia.
P. Danilo Medina L, ssp
danilomedina@sanpablo.com.co |
Enviar un comentario nuevo