Siembra un pensamiento y recogerás un hecho, siembra un hecho y recogerás una costumbre, siembra una costumbre y recogerás un destino.
La nobleza de la persona humana se debe a su inteligencia, la cual está hecha a imagen y semejanza de Dios. El principal obsequio que hacemos a Dios lo hacemos doblegando nuestra mente, dándole el uso adecuado para conocer a Dios y todo lo que está a su servicio.
Los más grandes méritos así como los pecados más graves se adquieren o se cometen desde la mente y nunca prescindiendo de ella. En ella se gesta el primer amor, que es conocer y creer; en ella se genera el primer odio, que consiste en impugnar la verdad conocida.
La virtud más importante, la fe, se ejerce desde la mente.
Los primeros cuatro dones del Espíritu Santo, la sabiduría, el intelecto, la ciencia y el consejo, están dirigidos por la mente. Desde la fe, así como desde una semilla, se desarrollan las demás virtudes. La fe es la raíz de toda justificación. De los pensamientos surgen las palabras, los sentimientos, las acciones; la mente guía a la persona, de la misma forma que el piloto conduce un avión o como el conductor conduce un automóvil.
El sacerdote debe comunicar la verdad que salva, es el continuador de la obra del Divino Maestro: “Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes”. “Yo soy la luz del mundo”. “Ustedes son la luz del mundo”, “Yo soy la verdad”.
La Iglesia designa al divino Maestro como: “El esplendor de la paz, la luz eterna y verdadera, la eterna sabiduría, el maestro de los apóstoles y de los evangelistas, en Él se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios. Jesús es designado “Maestro” en el Evangelio al menos treinta veces. La más clara afirmación de Jesús mismo es: “Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, pues de hecho lo soy”. Y en el Ecl (1,5) leemos que Jesús “es fuente de la sabiduría y es el Verbo de Dios en el cielo”.
Adoramos a Jesucristo Divino Maestro, enviado por el Padre a comunicar la sabiduría que salva. Él es la verdad esencial y eterna, el esplendor del Padre; es el autor de nuestra inteligencia. Él es el autor de toda la doctrina contenida en el catecismo, la teología, la predicación; es el Maestro, único camino, verdad y vida, el autor de los evangelios y el Fundador de la Iglesia.
Agradecemos al Señor por habernos dado los sentidos para poder comprender y conocer las verdades eternas, especialmente los ojos, el oído, el tacto, el olfato; por haber creado el mundo visible e invisible. “Todo fue hecho por Él”. Agradecemos al Señor por habernos dado la luz de la razón. Él iluminó a todo hombre que viene a este mundo. Dios se dignó revelar verdades altísimas, desde el paraíso terrenal a san Juan Evangelista. Nos dio la Iglesia, depositaria e intérprete de la revelación y maestra infalible de verdad y porque nos infundió el don de la fe en el Bautismo.
Necesitamos reparar por no haber hecho siempre buen uso de los sentidos, por haber desperdiciado tantas veces el gran talento de la mente en cosas vacías y dañosas, por no haber siempre cultivado el espíritu de fe, por no haber practicado siempre y explicado con claridad las verdades divinas; por haber dejado faltar o por haber dado con escasez a las personas el pan de la verdad.
Tenemos que orar para que el Señor nos conceda la gracia del aumento de nuestra fe, la gracia de sentirla, hasta volverla eficaz; para que el Señor nos regale los cuatro dones del Espíritu santo: sabiduría, intelecto, ciencia, consejo, amor a los estudios sagrados, científicos, necesarios para el ministerio y para el apostolado. Es necesario dar una absoluta preferencia a la lectura de las meditaciones de la Biblia y en particular del Evangelio y las Cartas de san Pablo. Es necesario pedir al Espíritu que nos conceda la gracia, la sensatez y la sabiduría que viene de Dios para poder hablar y escribir convenientemente a todas las personas.
BEATO SANTIAGO ALBERIONE
Fundador de la Familia Paulina. |
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