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ACTUALIDAD
Contar la vida
P. José Rafael Prada Ramírez, CSsR
Año 39 - Nº 142 - Abril / Junio 2011



Los seres humanos siempre hemos sido grandes contadores de nuestras vidas. Desde las épocas de las cavernas, y aún antes, nos ha gustado comunicarnos con los otros para compartir a través de la palabra o las pinturas rupestres lo que hacíamos, sentíamos y pensábamos. Con la aparición de la escritura, el contar, el narrar los hechos de nuestras vidas, cobró un auge extraordinario. Después entró la música y adquirió un sitial de honor en el arte de contar amores y desamores, epopeyas y derrotas, hechos de la vida, ideales y metas. No hay duda: ¡somos grandes contadores! Prueba de ello son los filósofos, los novelistas, los autobiógrafos (San Agustín, Santa Teresita del Niño Jesús, Tomás Merton, y miles más), los poetas, los cuentistas y, en general, los escritores.

Pero el mundo super veloz de hoy puso una limitante: muchos queremos contar pero pocos queremos oír. ¡No hay tiempo! Muchos deambulamos psicológicamente, queriendo depositar nuestras experiencias y secretos, pero pocas personas de nuestro entorno, poquísimas, se detienen a escucharnos. Entonces las mismas ciencia y técnica idearon otro tipo de comunicación de nuestra vida: las terapias psicológicas, los talk shows, los blogs, el twitter, el face-book, los grafiti. En todos ellos manifestamos parte de lo que somos, y esperamos que alguien que nos escuche nos dé, a su vez, una retroalimentación de lo que comunicamos.

Jerome Bruner ha dado un contribución substancial a la narrativa al distinguir “pensamiento científico” y “pensamiento narrativo”. El pensamiento científico es la modalidad cognitiva que usamos para explicar y prever los fenómenos físicos. Así hablamos de leyes, relaciones causales entre fenómenos, verdad/falsedad. Por ejemplo, calculamos el tiempo de viaje de una ciudad a otra, si lo hacemos a pie, en automóvil o en avión. El pensamiento narrativo, en cambio, es la modalidad cognitiva a través de la cual estructuramos nuestra existencia, le damos significado, la interpretamos, y también la modalidad con la que nos acercamos a las acciones de los otros, comprendiendo sus sentimientos e intenciones, e interpretando sus acciones. Las lógicas de estos dos pensamientos son diversas: en el científico las relaciones son lineares de causa a efecto, en el narrativo la lógica es la de las acciones humanas que utiliza interpretación y comprensión del sentido de la existencia.

Para el fin de nuestro artículo, nos interesa el pensamiento narrativo pues nos permite comprendernos y comprender a los otros, formar nuestra identidad personal y cultural, hacer emerger nuestra vida íntima y muchas veces inconsciente, darle significado y reconstruirla, hacer “lectura de la mente” de los demás y tratar de comprenderlos, etc. Este pensamiento narrativo es el básico en nuestra necesidad de “contar nuestra vida”, de “hacer autobiografías”, de comunicar, en dialogo o por escrito, nuestra historia.

El “contar la vida” siempre ha tenido un puesto especial en la Vida religiosa. Los Padres del desierto lo hacían de viva voz, luego vinieron los diarios personales y finalmente los proyectos de vida (PVP: proyecto de vida personal) donde una parte importante era la autobiografía. Con el avanzar de los cambios y el entrar de lleno el mundo en nuestros conventos y seminarios a través de los medios de comunicación, el diario íntimo o la autobiografía, como medio de discernimiento vocacional y ayuda en el proceso de formación, ha obtenido una gran importancia. En este punto queremos insistir.

Dan P. McAdams insiste que la trama narrativa tiene un núcleo central narrativo en torno al cual hay continuidad lógica, según un inicio, un desarrollo y una conclusión. Este núcleo hace que algunos elementos sean centrales y otros marginales, y refleja las convicciones personales y las teorías que tenemos sobre nosotros mismos, sobre el mundo, sobre los valores, sobre los demás y sobre Dios. Según este autor el núcleo está constituido por 7 elementos:

1. Tono narrativo: es el sentido de optimismo o pesimismo que invaden la narración y que fácilmente se remontan a las primeras relaciones del niño con la madre (recordemos la “teoría del apego” de J. Bowlby).

2. Imaginario personal: el conjunto de imágenes cargadas de emotividad que se han vivido en la edad preescolar (mi mamá ha sido buena, mi papá ha sido autoritario, mis hermanos fueron mis rivales, etc.).

3. Líneas temáticas: los objetivos centrales y la manera como se persiguen.

4. Concepciones ideológicas: convicciones relativas a sí mismo, a los demás, al mundo que nos rodea.

5. Imágenes: figuras que manifiestan diversos papeles y aspectos distintos al yo, como por ejemplo, “el enseñante”, “el árbitro”, “el curandero”, “el guerrero”, “el viajante” , “el vencedor”, “el jefe”…

6. Conclusión generativa: un final que engendre un nuevo inicio, que sea un don para el futuro, en la línea de “don recibido, don compartido”.

7. Valoración de la historia: aceptación de lo contado o narrado, no obstante sus límites y aspectos deficientes.

En la suma de todos estos elementos se refleja la identidad personal, aun cuando es necesario tener en cuenta que una cosa es narrar la vida en la pre-adolescencia, otra en la juventud y otra en la edad madura.

Maria Bottura afirma que para ayudar a la individuación de la identidad, es decir, para lograr que el joven o la joven, logren un mayor sentido de su identidad a través de la autobiografía, hay que prestar atención a los 3 personajes que toda historia contempla: el Yo narrador, el Yo testigo y el Yo narrado. El Yo narrador es el mismo sujeto que cuenta su vida tratando de mantener coherencia entre lo que ha sucedido y el propio ideal se sí. El Yo testigo es el yo que escucha, que puede ser también solo una parte del yo que narra, y que puede hacer las veces de juez severo o equitativo, o de amigo complaciente. El Yo narrado es la parte de sí que se tiene la intención de presentar.

Es importante observar la confrontación que se puede realizar entre estos tres Yo. Para evitar en lo posible historias falsas y ser lo más objetivo, es necesario mantener la distancia entre el Yo narrador y el yo narrado. Un modo que facilita esta distancia es consignar la autobiografía a otra persona, en nuestro caso, el acompañante del proceso vocacional, para que la enriquezca con nuevas comprensiones y perspectivas.



El “contar la vida” o la autobiografía sirven para hacer abreacción al estilo del psicoanálisis, es decir, para descargar emociones y afectos ligados a recuerdos, muchas veces debidos a experiencias penosas y dolorosas de la infancia. Esa es una manera posible de desahogar, pero también de integrar, pues el acompañante ayuda a poner en dimensión y sitio debido las experiencias desgarradoras y traumatizantes de la infancia o niñez y, basados en el principio psicológico de la resiliencia, o capacidad para sacar provecho y buen fruto aún de las circunstancias adversas vividas, proyectar un futuro lleno de ilusiones y posibilidades positivas. Naturalmente, en este proceso, la presencia inteligente, paciente y respetuosa del acompañante espiritual o formativo, es indispensable, y garantía de que aquél se está llevando bien. De esta manera el joven o la joven dan sentido a sus vidas, o como dice Amedeo Cencini pasan del descubrimiento de sentido, a la atribución, libre y personal, de sentido a sus vidas.

Y la pregunta clave: ¿Cuándo y cómo se debe hacer la autobiografía o la narración de la vida? Lo que vamos a decir a continuación debe tomarse “cum mica salis”, es decir, con el conocido “depende” del que está compuesta la vida y sus circunstancias.

En el proceso vocacional la autobiografía puede hacerse en diversos momentos. Al comenzar el proceso se le puede pedir al joven o a la joven que escriban su vida y luego se habla con ellos (as) sobre su escrito, insistiendo de manera especial en las motivaciones que los (las) impulsan a elegir ese estado de vida. Mary Pat Garvin afirma que también se puede realizar a mitad de camino, especialmente durante el noviciado, tiempo muy apto para reflexionar, analizar y orar. En este momento hay la ventaja de que el candidato (a) ha vivido ya varios años en la comunidad o seminario, tiene experiencia religiosa y puede evaluar lo vivido. Otro momento muy oportuno es el que se presenta en momentos definitivos de la vida, cuando la persona quiere asumir compromisos muy serios, por ejemplo, antes de los votos perpetuos o el sacerdocio. De todos modos, referente al tiempo, la clave está en escoger un momento en que tanto el candidato (a) como su acompañante tengan la firme y libre decisión de trabajar sobre la autobiografía, y que no se convierta en un ejercicio más del proceso.

El cómo se debe hacer el “contar la vida” o autobiografía, es realmente muy sencillo. Se debe pedir al joven escriba libremente lo que recuerda de su vida, incluyendo los componentes más significativos de la misma. Él o ella tienen absoluta libertad en la manera de estructurar y organizar la narración y el contenido, ya que el principio fundamental es el respeto a la persona y a su individualidad. Por supuesto, la autobiografía no consiste en escribir un libro o un tomo de autoanálisis. Este peligro es remoto en los jóvenes de hoy, más acostumbrados a ver u oír, que a escribir o escuchar.




Después de escrita la misma, el acompañante o director espiritual, o persona de confianza, hacen un análisis profundo, no crítico, de la autobiografía en vista de aprovechar toda la riqueza explícita e implícita que hay en ella. He aquí unas pautas:

- ¿Está redactada la autobiografía de una manera lógica y coherente, o es superficial, confusa e ilógica? De la respuesta a este interrogante podemos deducir la probabilidad de problemas graves psicológicos, lagunas intelectuales o de formación, o inmadureces que no corresponden a la edad del individuo.

- ¿Cuál es el tono fundamental de la misma: de optimismo o de pesimismo? ¿Se compromete la persona al escribir, o escribe de manera anónima, como si se tratara de otra persona? Estos son aspectos importantes para conocer qué clase de persona toca a nuestras puertas.

- ¿Cuál es el interés fundamental del que escribe: se refugia en el pasado, le da importancia al presente, se proyecta demasiado en el futuro? Los tres tiempos tienen su más y su menos, de acuerdo a la importancia que les dé el individuo y a la realidad que él refleja en su vida actual. No podemos vivir anclados al pasado, pero tampoco negarlo. Debemos vivir el presente, pero no cerrarnos en él. Es maravilloso pensar y planear el futuro, pero hay el peligro de evadir las realidades que vivimos.

- ¿Cuáles son los temas presentes que la persona ha dado mayor importancia, y cuáles los ausentes que ha dejado de consignar? Esto es importante tratándose especialmente de una persona que aspira a la vida consagrada o al sacerdocio. Indudablemente hay áreas esenciales para el conocimiento de la persona: sus relaciones familiares, su vida de fe, sus conflictos y debilidades, sus metas y aspiraciones.

Es esencial y definitivo que el acompañante quiera y tenga tiempo, suficiente y disponible, para hablar con el joven que narra su vida. El joven de hoy valora más a la persona que lo quiere escuchar que a la persona que lo quiere dirigir. Una escucha activa, interesada e inteligente es decisiva para el análisis del contenido de la autobiografía y para el aprovechamiento de lo escrito. Escuchar, y animar a hablar. En ese diálogo joven/acompañante se descubren cantidad de cosas que, tal vez, no están consignadas en lo escrito, pero que son esenciales para ayudar al joven de hoy en su crecimiento
.



Ya para terminar, quiero insistir en un aspecto fundamental en el ser humano y, particularmente en el joven o la joven de hoy, seres postmodernistas, la afectividad. Somos seres esencialmente afectivos, emocionales, que nos encanta que nos acaricien, nos besen, nos tengan en cuenta, nos escuchen, se interesen en nosotros. Descendemos de los mamíferos, no de los dinosaurios, somos de sangre caliente, de marcha bípeda y posición erguida, con prolongadísima infancia, con “élan” genético para no estancarse, con un maravilloso cerebro en el que existen millones de neuronas creadoras, con historia y cultura que nos llevan más allá de la biología, con primacía de cualidades que no de cantidades, con capacidad de razonar, expresar emociones estéticas, responsabilizarnos moralmente y, especialmente, amar. Todo lo anterior nos hace especiales, la obra maestra del Creador, iguales en dignidad y poseedores de una capacidad extraordinaria de comunicarnos, crear y transformar.

Por eso cuando nos dirigimos a los demás e intercambiamos con ellos nuestras ideas, sentimientos, emociones, experiencias de vida, acontecimientos, etc., nos transformamos y transformamos a los demás y al hábitat que habitamos. Narrar nuestra vida, contar nuestras experiencias y vivencias, compartiéndolas con los demás, de manera particular en la juventud cuando somos más proclives a los ideales, metas, objetivos, y al amor apasionado, se convierte en algo esencial y vital para nuestras existencias. Y si este proceso se dirige a jóvenes que van a ser sacerdotes o religiosos, se convierte en indispensable. ¡Esa es la ventaja de narrar la vida en la autobiografía y compartirla con el acompañante, padre espiritual o director de formación!

P. José Rafael Prada Ramírez, CSsR,
Doctor en Psicología.

 

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